- ¿Por qué no? Ya es mayorcita.
- Pero es que... me da pena. Mírala, es tan frágil... no sabe que hace, estoy segura.
Y allí estaba ella, con sus pantalones de cuero, su camisa de lentejuelas pasada de moda y unos tacones que manejaba con tanta facilidad y familiaridad que cualquiera pensaría que nació con ellos puestos. Cada poco va al baño. Se retoca el maquillaje; primero, perfila sus labios y luego pasa el lápiz negro por sus ojos color miel. Se alborota el pelo y abusa del colorete en sus pequeñas mejillas. Se mira en el espejo, no se gusta, pero se siente especial. Es su noche, lo sabe, es su noche. Entonces, saca de su mini-bolso gris una cajita con forma de corazón de color rojo, la "cajita de la felicidad", como ella la llama y una tarjeta de crédito desgastada por el mal uso... por uno segundos pierde la noción del tiempo y del espacio, pero ya está, ya es feliz...
Vuelve al centro de la pista, más confiada, más segura... pero con un poquito menos de vida. Pide siempre lo mismo para beber, un Malibú con piña (es que en el fondo tan sólo es una cría) y comienza a analizar el lugar, mientras enciende un cigarrillo. Busca con la mirada, con su mirada insinuante, provocadora, hasta que consigue lo que quiere... (ya está, ya no duerme sola esta noche. Ya tiene unos brazos sobre los que caer). Tras cinco o cuatro copas más y unos cuantos chupitos sabor-a-nada (para caldear el ambiente, ya se sabe) él paga la cuenta y ella, intentando mantener el equilibrio ("malditos tacones" piensa ahora) se coloca su abrigo y se dirigen a la calle.
- ¿Con quién se va?
- A saber, seguro que no sabe ni como se llama. Esta chica es una fresca, acabará mal, fíjate lo que te digo.
No sabe dónde va, ni si el tio en cuestión le gusta o no, tampoco que pasará cuando lleguen a su destino. Sólo sabe que, mañana cuando despierte, no estará sola... se sentirá querida, deseada. Y es que muy pocos saben ver que es la soledad lo que la está matando y que necesita unos brazos donde, por unas horas, poder refugiarse.

Cuando llegue a casa, ya tendrá tiempo de llorar... tiempo hasta que vuelva a colocarse sus tacones, pintar su delicada cara y salir... a buscar esos brazos que tanto necesita.
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